Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos Cortos (autores varios). Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cuentos Cortos (autores varios). Mostrar todas las entradas

19/2/16

"La dicha de vivir" de Leopoldo Lugones



Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.

–Yo soy el resucitado de Naim –dijo el hombre–. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?

–Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados -respondió el Apóstol-. Es como si aquél volviera a nacer en la pureza del párvulo…

–Así lo creía y por eso vengo.

–¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?

–Que me devuelva mis pecados –suspiró el hombre.
 
Filosofícula (1924)

"El puñal" de Jorge Luis Borges



En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.

Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.

Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.

A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fé, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.

30/12/15

"Redondito Ubú". Cuento breve de Miguel Navarro Blasco


Erase una vez un sueño bajito, patizambo, más ovalado que redondo, todo Ubú. Sus ojos eran amorfos, con el derecho miraba contra el gobierno, con el izquierdo contra la oposición. Cuando se dirigía hacia ti no sabías si miraba de frente o de espaldas. Viajaba en el tren de la mediocridad rumbo a ciudad Feliz, próxima a la saturada ciudad Desilusión. 

El mercancías estaba repleto de pelotazos, erotitonos y aspirantes a electricistas, cuando se detuvo porque el puente Esperanza había sido destrozado por el huracán Crisistísica.

Los viajeros descendieron y deliberaron cuál sería la solución para llegar a su destino. El maquinista aconsejaba esperar que llegase la brigada reparadora, no tardaría mucho y saldrían de allí como si no hubiese sucedido nada. Nuestro amigo, desconociendo el motivo que le empujaba hacerlo, marchó con los que preferían cruzar el precipicio continuando a píe el trayecto. 
Cuentan las Crónicas que los huesos de los que permanecieron fueron devorados por lobos y buitres.

Redondito siguió a los que aparentaban ser más avispados que optaron por atajar a través de una senda que descendía hacia las profundidades rocosas.  Tan mala fortuna tuvo que su  peculiaridad física le hizo tropezar rodando hasta quedar colgado boca abajo en un matorral del acantilado. Desde allí contempló cómo se despeñaron los que quisieron avanzar por atajos intransitables. Nadie acudió en su rescate por lo que al cabo de unas horas, muchos esfuerzos y magulladuras, consiguió salir reptando. Sus piernas, que antes parecían hermosas, se habían deformado por el trauma.

Desconcertado, cegado por el sol, medio cojo, buscó en su interior algún manual de supervivencia. Al no encontrarlo rastreó los pasos de quienes le precedieron. No quedaba mucho de ellos, pues el tiempo, el olvido y las alimañas se encargaron de borrar cualquier camino que le permitiese traspasar el abismo.

Armado de paciencia y contemplando a unos pocos que transitaban por un camino, también pedregoso, pero al menos amplio para todos, siguió para seguirlo hasta llegar al cruce del río. Allí, unos recortadores de maderas, flores y cuanto guiase a la salida, intentaron impedirles el paso. Exigían cuotas duras a quienes intentaban salir del atolladero, pedían lo que llevaban encima y no satisfechos quisieron exigir más. Hay quienes optaron por pagar el peaje pero jamás lograron subir pues tanto habían cedido que les fallaron las fuerzas, la dignidad y la resolución. Se dice que regresaron para convertirse en los siervos del peaje.

Como nuestro pequeño sueño había perdido en su caída cuanto llevaba encima, eligió irse con otro grupo que afirmaba ser posible salir de allí por la vereda de las Recuperaciones. Era difícil pues los Recortadores habían intentado borrarla del mapa, pero algunos recordaron lo que una vez fue un camino ahora abandonado y mustio.

El terreno era escabroso y en su ascensión muchos cantos de sirenas les atraían de nuevo al precipicio. Sus hermosos sones hablaban de lo bueno que había sido todo, de que las cosas seguían igual, que en la cumbre debían esperar que se reparara la única vía posible. Poco a poco fueron quedando menos e incluso una mala hierba atrapó los pies de Redondito que cayó de bruces dándose un sonoro golpe en la frente. Las malas hierbas siempre evitan que avances.

En la cumbre surgió de nuevo la discusión: esperar a los reparadores o continuar caminando por otra vía. El grupo se dividió, unos permanecieron en el lugar del corte, otros siguieron por el trazado alternativo. Fue larga la caminata, muchos días transcurrieron bajo el sol y Redondito sudó la gota gorda, tanto que había quedado casi en los huesos. Hay quienes no pudieron continuar pero nuestro amigo estaba hasta las narices de aquel calor agobiante, de tantos cambios sin solución, y recordó que alguna vez fue feliz por lo que siguió a los que iban delante de él.

No recuerda con exactitud cuántos días tardaron en llegar, pero un amanecer, con el sol de cara, los agotados peregrinos vislumbraron los altos torreones de ciudad Feliz. Sus habitantes, conocedores de las penalidades acaecidas, salieron en tropel a recibirles. Palmas, ramos de olivos, serpentinas de colores, invitaban a la celebración. Estaban sorprendidos de semejantes festejos pero el mayor sorprendido fue Redondito pues las mujeres susurraban algo parecido a lo hermoso que era y, los niños, admirados querían imitarle. Se detuvo ante un escaparate que devolvía la imagen de un sueño elevado, de un hombre respetado, no por sus ropajes sino por su porte gallardo. Entonces comprendió que los matorrales donde permaneció colgado habían rectificado sus piernas, que había adelgazado caminando bajo el sol, que su mirada taciturna se había enderezado por el golpe del camino.

Ya no era el mismo sueño que una vez partió de ciudad Decadentia, sus aspiraciones habían cambiado y sus deseos se habían elevado. Por una vez en la vida estuvo orgulloso de sí mismo y de los nuevos amigos que había conseguido en su aventura.

fuente: http://www.levante-emv.com/blogs/el-hidalgo-de-las-palabras/redondito-ubu-cuento-breve.html

24/7/15

"Las moscas" de Horacio Quiroga

Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión
Desde hace un instante siento un zumbido fijo -el zumbido de la lesión medular- que lo inunda todo, y en el que mi aliento parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas uno que otro dedo alcanza a remover la ceniza. Clarísima y capital, adquiero desde este instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.
Esta es la verdad. Como ella, jamás se ha presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir. ¿Pero cuándo? ¿Qué segundos y qué instantes son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un sosegado cadáver?
Nadie se acerca en este rozado: ningún pique de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado, como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su situación: se muere. Esta es la verdad. Mas para la oscura animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete, dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?
El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra entra corriendo una teoría de hombres decapitados.
Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya. Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan a reír, pues siguen mi pensamiento.
-Entonces -dice uno de aquéllos -no le queda más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.
-¿Moscas?…
-Sí -responde-, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico.
¿Hospital…? Súbitamente el cuartito blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…Y bruscamente, también, se hace en mí la revelación. ¡Las moscas! Son ellas las que zumban. Desde que he caído han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad. Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa, midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar a sus huevos.
El médico tenía razón. No puede ser su oficio más lucrativo.
Mas he aquí que esta ansia desesperada de resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol, la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de esta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de partículas, puedo alzarme y volar, volar…
Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital.
aplastado contra el suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.Esto era el invierno pasado. Han transcurrido cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso apoyado en él, me hallo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado -quebrado, mejor dicho- contra el árbol.

26/6/15

"Del que no se casa" por Roberto Arlt

Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse “debe conocerse” o conocer al otro, mejor dicho, que el conocerse uno no tiene importancia, y conocer al otro, para embromarlo, sí vale. Mi suegra, o mi futura suegra, me mira y gruñe, cada vez que me ve. Y si yo le sonrío me muestra los dientes como un mastín. Cuando está de buen humor lo que hace es negarme el saludo o hacer que no distingue la mano que le extiendo al saludarla, y eso que para ver lo que no le importa tiene una mirada agudísima. A los dos años de estar de novio, tanto “ella” como yo nos acordamos que para casarse se necesita empleo, y si no empleo, cuando menos trabajar con capital propio o ajeno. Empecé a buscar empleo. Puede calcularse un término medio de dos años la busca de empleo. Si tiene suerte, usted se coloca al año y medio, y si anda en la mala, nunca. A todo esto, mi novia y la madre andaban a la greña. Es curioso: una, contra usted, y la otra, a su favor, siempre tiran a lo mismo. Mi novia me decía: -Vos tenés razón, ¿pero cuándo nos casamos, querido? Mi suegra, en cambio: -Usted no tiene razón de protestar, de manera que haga el favor de decirme cuándo se puede casar. Yo, miraba. Es extraordinariamente curiosa la mirada del hombre que está entre una furia amable y otra rabiosa. Se me ocurre que Carlitos Chaplín nació de la conjunción de dos miradas así. El estaría sentado en un banquito, la suegra por un lado lo miraba con fobia, por el otro la novia con pasión, y nació Charles, el de la dolorosa sonrisa torcida.
Le dije a mi suegra (para mí una futura suegra está en su peor fase durante el noviazgo), sonriendo con melancolía y resignación, que cuando consiguiera empleo me casaba y un buen día consigo un puesto, qué puesto…!ciento cincuenta pesos! Casarse con ciento cincuenta pesos significa nada menos que ponerse una soga al cuello. Reconocerán ustedes con justísima razón, aplacé el matrimonio hasta que me ascendieran. Mi novia movió la cabeza aceptando mis razonamientos (cuando son novias, las mujeres pasan por un fenómeno curioso, aceptan todos los razonamientos; cuando se casan el fenómeno se invierte, somos los hombres los que tenemos que aceptar sus razonamientos). Ella aceptó y yo tuve el orgullo de afirmar que mi novia era inteligente.
Me ascendieron a doscientos pesos. Cierto es que doscientos pesos son más que ciento cincuenta, pero el día que me ascendieron descubrí que con un poco de paciencia se podía esperar otro ascenso más, y pasaron dos años. Mi novia puso cara de “piola”, y entonces con gesto digno de un héroe hice cuentas. Cuentas. claras y más largas que las cuentas griegas que, según me han dicho, eran interminables. Le demostré con el lápiz en una mano, el catálogo de los muebles en otra y un presupuesto de Longobardi encima de la mesa, que era imposible todo casorio sin un sueldo mínimo de trescientos pesos, cuando menos, doscientos cincuenta. Casándose con doscientos cincuenta había que invitar con masas podridas a los amigos.
Mi futura suegra escupía veneno. Sus ímpetus llevaban un ritmo mental sumamente curioso, pues oscilaban entre el homicidio compuesto y el asesinato simple. Al mismo tiempo que me sonreía con las mandíbulas, me daba puñaladas con los ojos. Yo la miraba con la tierna mirada de un borracho consuetudinario que espera “morir por su ideal”. Mi novia, pobrecita, inclinaba la cabeza meditando en las broncas intestinas, esas verdaderas batallas de conceptos forajidos que se largan cuando el damnificado se encuentra ausente.
Al final se impuso el criterio del aumento. Mi suegra estuvo una semana en que se moría y no se moría; luego resolvió martirizar a sus prójimos durante un tiempo más y no se murió. Al contrario, parecía veinte años más joven que cuando la conociera. Manifestó deseos de hacer un contrato treintanario por la casa que ocupaba, propósito que me espeluznó. Dijo algo entre dientes que me sonó a esto: “Le llevaré flores”. Me imagino que su antojo de llevarme flores no llegaría hasta la Chacarita. En fin, a todas luces mi futura suegra reveló la intención de vivir hasta el día que me aumentaran el sueldo a mil pesos.
Llegó el otro aumento. Es decir, el aumento de setenta y cinco pesos. Mi suegra me dijo en un tono que se podía conceptuar de irónico si no fuera agresivo y amenazador: -Supongo que no tendrá intención de esperar otro aumento.Y cuando le iba a contestar estalló la revolución. Casarse bajo un régimen revolucionario sería demostrar hasta la evidencia que se está loco. O cuando menos que se tienen alteradas las facultades mentales.
Yo no me caso. Hoy se lo he dicho: -No, señora, no me caso. Esperemos que el gobierno convoque a elecciones y a que resuelva si se reforma la constitución o no. Una vez que el Congreso esté constituido y que todas las instituciones marchen como deben yo no pondré ningún inconveniente al cumplimiento de mis compromisos. Pero hasta tanto el Gobierno Provisional no entregue el poder al Pueblo Soberano, yo tampoco entregaré mi libertad. Además que pueden dejarme cesante.
 
ARLT, ROBERTO, de "Aguafuertes porteñas"

4/5/15

"Puntualidad de los Filósofos" de A.María Shua

El profesor Kant pasa por aquí todos los días exactamente a la misma hora. Usted escuchará este comentario en cada una de las calles del pueblo, con una curiosa coincidencia en las cifras. Se preguntará, entonces, cómo es posible que el profesor Kant pase por lugares tan alejados unos de otros, todos los días a la misma hora. Es que se trata de una hora faldera, domesticada, una hora que se ha encariñado de tal manera con el profesor que cuando Kant sale a dar su paseo, está dispuesta a abandonar la manada salvaje del tiempo para seguirlo por donde quiera que vaya.
 Ana Maria Shua. "Botánica del Caos"

Franz Kafka : "El camino a casa"

¡Hay que ver la fuerza de la convicción que tiene el aire después de la tormenta!
Se me aparecen mis méritos y me dominan, si bien yo no me resisto. Voy marchando, y mi ritmo es el ritmo de este lado de la callejuela, de esta callejuela, de este barrio. Soy plenamente responsable de todos los golpes que se dan contra las puertas, sobre las tablas de las mesas, de todos los brindis, de todos los que hacen el amor en sus camas, de los andamios de los edificios en construcción, apretados contra las paredes en las oscuras callejuelas, en las otomanas de los burdeles.
Comparo mi pasado con mi porvenir, pero los encuentro estupendo a ambos; no puedo dar la primacía a ninguno de los dos, y solamente me resta tachar de injusta a la Providencia que me ha favorecido tanto.
Solamente cuando entro en mi pieza estoy un poco pensativo, pero no porque al subir la escalera haya encontrado algo digno de consideración. No me sirve de mucho que abra completamente la ventana y que en un jardín todavía esté sonando la música.

24/4/15

Cuento breve: "El último piso" de Pablo De Santis


El hombre, cansado, sube al ascensor. Es una vieja jaula de hierro. El ascensorista viste un uniforme rojo. Aunque lo ha cuidado tanto como ha podido, se notan los remiendos, la tela gastada, el brillo perdido de los botones.      
- Último piso- indica el pasajero. El ascensorista se había adelantado y ya había hecho arrancar el ascensor.      
- ¿Cómo andan las cosas allá afuera? ¿Llueve? - pregunta el ascensorista.     
El pasajero mira su impermeable, como si ya no le perteneciera del todo.     
- Si, llovió en algún momento del día.      
- Extraño la lluvia.      
- ¿Hace mucho tiempo que trabaja aquí?      
- Desde siempre.      
- ¿No es un trabajo aburrido?      
- No tanto. Hablo con los pasajeros. Me cuentan sus vidas. Es como si viviera un poco yo también.      
- El viaje es corto. No hay tiempo para hablar mucho.      
- Con una frase, o una palabra, a veces basta. Otros se quedan callados, y también eso es suficiente para mí.     
Los dos hombres guardan silencio por algunos segundos. Apenas se oye el zumbido...     
- Déjeme un recuerdo, si no es una impertinencia.      
El hombre busca en los bolsillos. Encuentra un reloj al que se le ha roto la correa de cuero.     
- Gracias. Lo conservaré, aunque no miro nunca la hora.     
El pasajero siente alivio por haberse sacado el reloj de encima.     
-Estamos por llegar- dice el ascensorista-. Ah, le aviso, el timbre no funciona, verá una puerta grande, de bronce. Golpee hasta que le abran.      
El pasajero se aleja de la puerta de reja del ascensor. Ahora no parece tan convencido de querer bajar. El ascensorista reconoce, por el ruido de la máquina, que se acercan al último piso. Se despide:      
- No se desanime si tiene que esperar. Siempre terminan por abrir.      
El ascensor deja atrás las últimas nubes y se detiene.  

10/4/15

"El esposo" - de Norge (Georges Mogin)

Él se casa con una muerta. Ella no se lo había dicho. Se ocultan muchas cosas cuando uno quiere casarse. Ella hace todo lo posible pero se vuelve carroña. Al final, por el olor, él se da cuenta de todo. 
Demasiado tarde, está casado. Entonces, él muere a su vez para arreglar el asunto.




Cuente breve de Norge."Les Cerveaux Brulés". Poeta Belga. 1969.

24/3/15

"Quiero perderme" de César Vallejo

Quiero perderme por falta de caminos. Siento el ansia de perderme definitivamente, no ya en el mundo ni en la moral, sino en la vida y por obra de la vida. Odio las calles y los senderos, que no permiten perderse, La ciudad y el campo son así. No es posible en ellos la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En el campo y en la ciudad, se está demasiado asistido de rutas, flechas y señales, para poder perderse. Uno está allí indefectiblemente limitado, al norte, al sur al este, al oeste. Uno está irremediablemente situado. Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana en que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y hay siempre pensamiento. Esto es desesperante.

César Vallejo - Escritor Peruano - "Poemas en Prosa/Contra el secreto profesional",1975

18/2/15

"En el insomnio" por Virgilio Piñera

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco.Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que en enseguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.

12/2/15

"El hombre apacible" de Henri Michaux

Extendiendo las manos fuera del lecho, Pluma se sorprendió al no encontrar la pared. "Vaya, pensó, se la habrán comido las hormigas...", y se durmió de nuevo.
Poco después, su mujer lo agarró y lo sacudió: "Mira, dijo, ¡holgazán!, mientras te dedicabas a dormir nos han robado la casa". En efecto, un cielo intacto se extendía por todas partes. "¡Bah!, el mal ya está hecho", pensó.
Poco después. comenzó a oírse un ruido. Era un tren que se le echaba encima a toda velocidad. "Parece tener prisa, pensó, llegará antes que nosotros.", y se durmió de nuevo.
En seguida, el frío lo despertó. Estaba todo empapado en sangre. Varios pedazos de su mujer yacían a su lado. "Con la sangre, pensó, siempre surgen cantidad de cosas desagradables; si ese tren pudiera no haber pasado, yo sería muy feliz. Pero como ya pasó...", y se durmió de nuevo.
"Veamos, decía el juez, cómo explica usted que su mujer se haya herido a tal punto que la han encontrado repartida en ocho pedazos, sin que usted, que estaba a su lado, haya podido hacer un gesto para impedírselo, sin haberse siquiera dado cuenta. Ése es el misterio. Todo el asunto está ahí dentro".
"Por ese camino no puedo ayudarlo", pensó Pluma, y se durmió de nuevo.
"La ejecución tendrá lugar mañana. Acusado, ¿tiene algo que añadir?"
"Excúseme, dijo, no he seguido el asunto". Y se durmió de nuevo.

30/1/15

"El Silencio" por Felisberto Hernández

El teatro donde yo daba los conciertos también tenía poca gente y yo había invadido el silencio: yo lo veía agrandarse en la gran tapa negra del piano. Al silencio le gustaba escuchar música; oía hasta la última resonancia y después se quedaba pensando en lo que había escuchado. Sus opiniones tardaban. Pero cuando el silencio ya era de confianza, intervenía en la música; pasaba entre los sonidos como un gato con su gran cola negra y los dejaba llenos de intenciones.

Cuento de "Nadie encendía las lámparas"
Felisberto Hernández. Fue pianista, compositor y escritor uruguayo. Su obra se basa en la literatura fantástica y fue especialista en narrativa breve. Cortázar y García Márquez se cuentan entre sus admiradores. Para Julio Cortázar, es rechazable la mera etiqueta de 'fantástica' para su obra y alguna vez dijo: "nadie como él para disolverla en un increíble enriquecimiento de la realidad total que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio"

14/1/15

"Actuación" cuento breve de Milorad Paviç

Me he aprendido de memoria la vida de mi madre, y como si fuera un 
papel teatral, cada mañana, durante una hora, represento la vida de mi madre delante de los espejos. Esto sucede cada día desde hace años. Lo hago vestida con los trajes de mi madre, con su abanico y peinada como ella, porque he trenzado los cabellos en forma de gorro de lana.
Actúo también delante de los demás, hasta en la cama de mi amante. En los momentos de pasión no existo, no soy yo sino ella. Porque entonces actúo tan bien que mi pasión desaparece, y queda sólo la suya. En otras palabras, me ha robado de antemano todos los contactos amorosos. Pero no se lo reprocho, porque sé que ella también había sido despojada de la misma manera por su madre. Si alguien me pregunta ahora a qué se tanto actuar, responderé: trato de darme a luz una vez más, pero de una manera mejor... 

Paviç, Milorad. Diccionario jázaro. Novela léxico.1989.

6/1/15

"Diálogos" de Alejandra Pizarnik

- Ésa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Madame Lamort -dijo.
- No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Madame Lamort.
Todo lo contrario: es Madame Lamort quien se asemeja a ésa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París, sino que nunca en mi vida he visto a Madame Lamort, ni siquiera en retrato.
- Usted coincide conmigo -dijo- porque tampoco yo conozco a Madame Lamort.
-¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos-.
-Madame Lamort -dijo- ¿Y usted?
- Madame Lamort.
- Su nombre no deja de recordarme algo -dijo.
- Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
- Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
- No los había cuando lo dije pero nunca se sabe qué va a pasar.
- Entonces esperémoslo puesto que estamos esperándolo -dijo.-

Alejandra Pizarnik 
Escritora, poeta argentina (1936-1972)
"Textos de sombra y últimos poemas", 1982.

17/11/14

Gabriela Mistral - "El cántaro de greda"

Cántaro de greda, moreno como mi mejilla, ¡tan fácil que eres a mi sed! Mejor que tú el labio de la fuente, abierto allá abajo, en la quebrada, pero está lejos y en esta noche de verano no puedo descender hacia ella. Yo te colmo cada mañana lentamente, religiosamente. El agua canta primero al caer; cuando quedas en silencio, con la boca temblorosa, beso el agua, pagándole su servicio. Eres gracioso y fuerte, cántaro moreno. Te pareces al pecho de una campesina que me amamantó cuando rendí el seno de mi madre. Y yo me acuerdo de ella mirándote, y te palpo con ternura los contornos. Ella ha muerto, pero tal vez su seno te esponjó para seguir refrescándome la boca con sed.
Porque ella me amaba...
¿Tú me ves los labios secos? Son labios que trajeron muchas sedes: la de Dios, la de la Belleza, la del Amor. Ninguna de estas cosas fue como tú, sencilla y dócil, y las tres siguen blanqueando mis labios.
En las noches te dejo bajo el cielo para que caigan en tu cuello las gotas de rocío, por si también tuvieras sed. Y es que pienso que como yo puedes tener la apariencia de la plenitud y estar vaciado.
Como te amo, bebo en tu mismo labio, sosteniéndote con mi brazo. ¿Si en su silencio sueñas con el abrazo de alguien, te doy la ilusión de que lo tienes? ¿Sientes en todo esto mi amor?
En el verano pongo debajo de ti una arenilla dorada y húmeda, para que no te tajee el calor, y una vez te cubrí tiernamente una quebrajadura con barro fresco.
Fui torpe para muchas faenas, pero siempre he querido ser la dulce dueña, la que coge con temblor de dulzura las cosas, por si entendieras, por si padecieras como yo.
Mañana, cuando vaya al campo, cortaré las hierbas buenas para traértelas y sumergirlas en tu agua. ¡Sentirás el campo en el olor de mis manos!
Cántaro de greda; eres más bueno para mí que muchos que dijeron ser buenos.
¡Yo quiero que todos los pobres tengan como yo un cántaro fresco para sus labios con amargura!

19/9/14

"Un Cuerpo de Mujer" de Ryunosuke Akutagawa


Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había una pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. “Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que en su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.
“Nyotai”, 1917
Rashomon y otros cuentos, trad. José Kpzer, Madrid, Miraguano, 1987, págs. 135-136

22/4/14

"Niños" de Juan Gelman




Nuestro querido Juan Gelman nació un 3 de mayo de 1930, en Buenos Aires y nos dejó el 14 de enero de éste año. Fue uno de los mas importantes poetas y escritores de la Argentina. Fue también periodista, traductor.  Se tuvo que exiliar durante la dictadura militar iniciada en 1976, volviendo en 1988 aunque se radicó en México. Buena parte de su vida y obra literaria se vieron signadas por el secuestro y desaparición de sus hijos y la búsqueda de su nieta nacida en cautiverio. Fue el cuarto argentino galardonado con el Premio Miguel de Cervantes, luego de Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Adolfo Bioy Casares. Se lo considera uno de los grandes poetas contemporáneos de habla hispana  y un «expresionista del dolor».

13/3/14

"La Selkie" (cuento folclórico celta)

Las hembras selkie pueden vivir un tiempo entre los humanos e incluso formar una familia con un hombre mortal, pero el llamado del mar es siempre más fuerte que sus vínculos terrestres...




Había una vez un pescador muy pobre que vivía en las desoladas islas del norte. Un día, mientras caminaba cerca de la costa, oyó voces, y tomando la precaución de esconderse detrás de las rocas, vio a dos hermosas mujeres de tez morena y cabello renegrido que, en un prado cercano, corrían desnudas intentando darse a la caza mutuamente. Entonces, a sus pies descubrió dos pieles de foca y decidió levantar una de ellas para examinarla. Las mujeres, en ese mismo instante, interrumpieron su juego y, lanzando un chillido, corrieron a buscar su ropa de focas. Una de ellas tomó la piel que todavía yacía a los pies del pescador y, echándosela encima, rápidamente desapareció en el mar. La otra, al ver que el pescador tenía su piel entre las manos, comenzó a llorar, suplicándole con gestos al hombre que se la devolviera. Pero el pescador vivía solo y quería una esposa. Entonces, galantemente, cubrió con su chaqueta a la mujer y la llevó a su casa y escondió la piel de foca debajo del colchón.
Pasó el tiempo y no hubo hombre más feliz que aquel pescador. Todos los días, muy temprano, salía al mar y, cuando a la tarde volvía con sus redes, veía desde la playa el humo de turba que salía por la chimenea de su casa, donde la mujer cocinaba sabrosos platos a base e algas y pescado. Por las noches, mientras afuera arreciaba la borrasca, ambos dormían abrazados a la luz de los rescoldos. Con los años, llegaron dos hijos que alegraron todavía más aquel hogar. Sí, ese hombre era feliz, pero a veces advertía una honda tristeza en los profundos y melancólicos ojos negros de su esposa.
Una noche ventosa el pescador despertó y vio que su mujer no estaba en la cama. Deslizándose hasta la puerta, la oyó hablar con alguien en voz baja. No alcanzó a oír lo que decía porque, casi de inmediato, la conversación se interrumpió y el pescador apenas tuvo tiempo de volver precipitadamente al lecho. Mientras fingía dormido, vio que su esposa cruzaba discretamente la pieza. Entonces lo venció el sueño y así pasó la noche. A la mañana siguiente, aunque se sentía muy perturbado, decidió no hacer nada hasta saber algo más. Ese día sus redes se llenaron de peces y, al caer la tarde, emprendió la vuelta hacia su hogar.
Ya en la playa, cuando volvía como otras tantas tardes a su casa, vio dos focas. Eran un macho y una hembra, tendidos en las rocas cercanas a la playa. Ayudándose con sus aletas, el macho se irguió sobre la cola y le habló de este modo al asombrado pescador:
- Anoche encontré la piel de la que iba a ser mi esposa. Tú me despojaste al despojarla de ella y la hiciste tu mujer. No te guardo rencor, porque fuiste un buen marido. Ahora contempla a tu esposa por última vez.
La hembra miró al pescador con sus tristes ojos negros. Todo duró un segundo. Cuando el hombre trató de acercarse, la foca y su compañero desaparecieron de inmediato entre las aguas. Entonces volvió a sus hijos y a la desolación de su hogar.

Fondebrider- Gambolini. "Cuentos Celtas" Ed. Ecos-Vergara. Bs.As. 2000

8/11/13

Mario Benedetti : "Los Bomberos" (cuento breve)

Olegario no fue sólo un as del presentimiento sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "el martes saldrá el 57 a la cabeza". y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.
Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible y dijo " es posible que mi casa se esté quemando". Llamaron a un taxi y encargaron al chofer que siguiera cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: " es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.
Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tensos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor.
De vez en cuando desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.
Con toda parsimonia Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata y luego con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.