10/6/13
Músico del Mes: Radiohead "Lotus flower"
Sobre el buen uso del placer (Fernando Savater)
El placer nos distrae a veces más de la cuenta, cosa que puede resultarnos fatal. Por eso los placeres se han visto siempre acosados por tabúes y restricciones, cuidadosamente racionados, permitidos sólo en ciertas fechas, etc.; se trata de precauciones sociales (que a veces perduran aun cuando ya no hacen falta) para que nadie se distraiga demasiado del peligro del vivir.
Por otro lado están quienes sólo disfrutan no dejando disfrutar. Tienen tanto miedo a que el placer les resulte irresistible, se angustian tanto pensando lo que les puede pasar si un día le dan de verdad gusto al cuerpo, que se convierten en calumniadores profesionales del placer (...) A los calumniadores profesionales del placerse los llama "puritanos". ¿Sabes quién es puritano? El que asegura que la señal de que algo es bueno consiste en que no nos gusta hacerlo. El que sostiene que siempre tiene más mérito sufrir que gozar.
Michael de Montaigne decía: "Hay que retener con todas nuestras uñas y dientes el uso de los placeres de la vida, que los años nos quitan de entre las manos unos después de otros"
Hay que saber entregarse al saboreo del presente, lo que los romanos (y el poco latoso profe-poeta de El club de los poetas muertos) resumían en el dicho "carpe diem".
Pero esto no quiere decir que tengas que buscar todos los placeres de hoy. Uno de los medios más seguros de estropear los goces del presente es empeñarte en que cada momento tenga de todo y que te brinde las satisfacciones más dispares e improbables. No te obsesiones con meter fuerza en el instante que vives los placeres que no pegan; procura más bien encontrarle el guiño placentero a todo lo que hay (...) Usar los placeres, como dice Montaigne, es no permitir que cualquiera de ellos te borre la posibilidad de todos los otros y que ninguno te esconda por completo el contexto de la vida nada simple en que cada uno tiene su ocasión. La diferencia entre el "uso" y el "abuso" es precisamente ésa: cuando usas un placer, enriqueces tu vida y no solo el placer sino que la vida misma te gusta cada vez más; es señal de que estás abusando el notar que el placer te va empobreciendo la vida y que ya no te interesa la vida sino ese particular placer. O sea que el placer ya no es un ingrediente agradable de la plenitud de la vida, sino un refugio para escapar de la vida, para esconderte de ella y calumniarla mejor.
Fernando Savater (ETICA PARA AMADOR)
17/5/13
Músico del mes - Mayo: Alfredo Zitarrosa - "Adagio en mi pais"
Buenos Aires, mayo de 1976: esa voz que se aguanta la emoción a rienda corta (Homenaje de Eduardo Galeano a A. Zitarrosa y Haroldo Conti)
Alfredo Zitarrosa canta sin temblores, ni firuletes, voz de macho nacida para nombrar al amor, que es siempre peligroso, y al honor de los hombres.
Esta noche fui a a la casa. Había gente que yo no conocía.
Hace años que le duele la cabeza. Ese dolor del país:
- Estoy en curda -me dijo.
Hablaba de otras cosas y se interrumpía para explicarme:
- Estoy en curda. Esto me ha ocurrido mucho.
Tres veces me preguntó por Haroldo.
- Me enteré el otro día -me dijo-. ¿No se puede hacer nada por él?
Me sirvió vino. Cantó sin ganas. En un rincón alguien hacía bromas y se reía solo.
- Yo no había leído nada de Haroldo -dijo Alfredo-
Compré un libro el otro día. Me gusta ese tipo. ¿No hay nada que yo pueda hacer por él?
Se quedó un buen rato pulsando la guitarra, con los ojos clavados en el piso, y al rato insistió.
- Me pareció una muy buena esa novela, Sudeste. Yo no lo conocía porque he leído poco, la verdad, y a él tampoco lo conocí nunca. Sabía que era tu amigo, pero nunca lo conocí. Y ahora...¿No se puede hacer anda?
Bebió hasta el fondo del vaso y después dijo:
- Así que no se puede hacer nada por él.
Movió la cabeza. Los demás arrancaron con una milonga a coro. Llegaron hasta la mitad.
Alfredo me miró como acusándome:
-No tengo tu dirección -me dijo.
- Nunca estoy en casa -le expliqué.
- No me has dado tu dirección -dijo- Tengo el teléfono de la revista, pero no tengo tu dirección. No me la diste.
- Te la anoto.
Me alcanzó una libreta de tapas negras. Pasé las hojas buscando el índice, y sin querer me encontré con la página de la agenda del día anterior.
Los demás conversaban en voz baja.
Leí en la agenda:
Ensayo
Grabar en Ion
Llamar a Eduardo
Decido Irme
Grabar en Ion
Llamar a Eduardo
Decido Irme
Eduardo Galeano - "Dias y noches de amor y de guerra"
15/5/13
"Continuidad de los parques" de Julio Cortázar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
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