
Se extendió luego a su lado y Kamala aproximó su rostro al suyo. Con impresionante claridad leyó entonces en sus ojos y en las comisuras de la boca de la cortesana una escritura fatídica de líneas muy finas y de arrugas ligeras (...) A través del rostro de Kamala hendían rasgo de lasitud, de esa lasitud propia del que avanza hacia una meta lejana y sin felicidad, rasgos de fatiga y comienzo de marchitez. Percibió aquella angustia aún disimulada, que no osa confesarse, de la cual tal vez no se da cuenta uno por sí mismo y que se llama miedo de envejecer, miedo del otoño de la vida, miedo de tener que morir un día (...)
Siddhartha también hubiera querido, esa noche de insomnio, desembarazarse de una vez por todas de estos placeres, de estas costumbres, de toda esa vida absurda y de sí mismo, aunque para ello debiese apurar de un solo trago todas las vergüenzas y sufrir todos los dolores (...) Sin aspiraciones nobles, sin grandezam durante muchos años se había contentado con placeres mezquinos; ¡y aún éstos no le bastaron! Se esforzó, sin percatarse él mismo, por cumplir su deseo de ser un hombre como los otros hombres, niños grandes; Pero únicamente logró una existencia más miserable e inútil que la de ellos, pues tanto sus preocupaciones como sus objetivos eran diferentes.
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HERMANN HESSE